jueves, 6 de septiembre de 2012

Mi camino


Anocheciendo, en el horizonte, el Sol se esconde tras las montañas, el calor que desprende poco a poco se apaga, vuelvo la mirada tras de mi, contemplo los árboles que forman el bosque, tan fuertes, tan grandes, tantos años vividos para poco reconocimiento por parte de la humanidad. La luz que aún proyecta el astro, torna el color de las hojas a rojizo, los pájaros vuelan para refugiarse entre sus hojas y dormir en sus ramas.
Emprendo el camino al interior del bosque con pié firme, sin miedo, desnudo ante todo, sin nada para protegerme, esta noche es especial, he de estar preparado.
El suelo está frío y casi no queda luz solar, pero otra, más bella que la del mismísimo padre, comienza a surgir. Unos instantes de oscuridad, me detengo, ya estoy lo suficiente lejos de la civilización, me siento en el suelo, apoyado en un árbol, buscando dormirme antes de que ella aparezca.
Algo me despierta, algo mojado, abro los ojos y sobresalto con miedo al ver un lobo lamiéndome la cara, con sus ojos marrones en los que podía reflejarme atemorizado.
El chillido se escuchó por toda la zona del bosque pero, pronto me relajo, pues le reconozco, es Roble, le llamo cariñosamente así por que el tono de su pelaje, es idéntico y tiene unas líneas estriadas como su corteza, sabiendo quien es, le acaricio y sigo sentado, intentando dormir de nuevo.
La Luna se alza, iluminando el bosque, me pongo en pié para recibirla, las estrellas se dejan ver, están preciosas, se ven miles de ellas desde aquí, pero sin duda lo que mejor se ve es aquello por lo que me desplace aquí, la Luna está llena, brillando a su máxima fuerza, bañándome de calma y paz. Roble aúlla sentado junto al árbol en el que dormía, y a su llamada acuden más lobos, rodeándome, mirándome como si esperaran algo, como si esperaran lo mismo que yo.
Miro de nuevo fijamente a la Luna, algo me decía que la mirara, me sentía a gusto en aquél lugar. Algo me pasa, cada vez veo más borroso y un dolor de cabeza repentino hace que caiga al suelo arrodillado, mis gritos de dolor eran insoportables, me miro las manos, poco a poco comienzan a crecer las uñas hasta convertirse en garras, el pelo de mi cuerpo crece y donde no tenía previamente, aparece; la jaqueca de mi cabeza aumenta, me duele mucho la boca, los dientes, la lengua y caigo inconsciente a causa del dolor.
Me despierto con el sonido de los pájaros, en el suelo, desnudo y desorientado, no sé lo que ha pasado, miro mis manos y están llenas de sangre y ante mi, varios conejos muertos, destripados, sé que fui yo, no hay duda.
Una noche más, madre me dio fuerza, pero sin control, rezo por un día en el cual pueda controlarlo, mientras tanto, he de ser un lobo solitario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario