martes, 31 de julio de 2012

El Monstruo


Necesitaba estar solo, él se dirigía a su habitación, a su oscura morada, lugar donde la luz que entraba era absorbida por el ambiente de aquella estancia.
Entra despacio, cerrando la puerta tras de si, con una lágrima en su rostro, el dolor que le aflige ya es prolongado. Le empieza a faltar la respiración, en la oscuridad de aquél lugar empiezan a surgir unas luces, que toman forma de personas, eran las personas a lo largo de su vida le han hecho daño, la habitación parecía enorme, de la cantidad de personas que aparecen allí. Comienza a llorar, necesita aire, ser libre, pero no le dejan, aquellos que le golpearon vuelven a hacerlo, golpes incesantes en la espalda, el estómago, la cara, sus brazos, vuelve a sufrir cada uno de los golpes, no aguanta, y empieza a llorar.
Cae al suelo derrotado, humillado, físicamente no es nadie y de su alrededor comienza a aparecer un aura azul marino, de poca intensidad. Las personas se ríen de él, cada una de las personas que le hicieron creer amistad, solo para burlarse de él, continuaban haciéndolo, a carcajada limpia, señalándole, mofándose de él. Sus lágrimas tornan a sangre, ya no quedan lágrimas en su cuerpo, el aura de su alrededor se vuelve violeta, cada palabra que dicen, cada acto que hacen, daña su corazón, no puede más, golpea el suelo con sus puños, de la impotencia.
De la multitud, aparecen aquellas personas que quiso y amó, de esas personas, salen rechazos, le repudia, no quieren saber nada de él, es raro, jamás será un hombre, jamás llegará a nada, jamás tendrá a nadie. Estas palabras, estas palabras son las que definitivamente, le destruyen, su corazón ya no precisa amistad, felicidad, tristeza, afecto, optimismo, confianza, esperanza, deseo… el aura cambia a negra… y le engulle, se alza, en su rostro ninguna expresión, el aura desaparece, pegándose a él, sus ropas se vuelven negras, opacas, no reflejan la luz, mira a cada una de las personas que le destrozaron la vida –Combatiré el mal, con el mal- las únicas palabras que pronuncia, las suficientes para que esa gente, desaparezca –Ninguno merecéis nada, ni yo-… ahora y desde entonces, su corazón solo ha albergado una cosa: Odio.

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